
Mural de Huitaca, la divinidad rebelde

Chiminigagua y el origen de los chibchas

Caza prehistórica

Escena indoamericana

Chiminigagua libera la luz

Bochica enseñando a los muiscas

Descendimiento de la Cruz

Pintor de cueva

The Witch of Zascandil

Museum Courtyard

The Dog Men (Coprophagia)

A Dangerous Whisper

Choir of Novices

Mapiripana

Nencatacoa, dios de los sueños

Patio de los mitos y los orígenes

Bochica enseñando a los muiscas

Idacansas en Sugamuxi

Autorretrato

Luis Alberto Acuña en Casa Museo

Fresco de techo con grotescos y figuras míticas

Huitaca, la Diosa Caída

Emergence of Life

Don Quijote y Sancho Panza

Friso decorativo de techo

Pantano de Saquencipá, Período Cretácico

Bochica y aborigen con niño

Chibchacum sosteniendo la Tierra

Escena de jardín colonial

Model for the Founding of Villa de Leyva

Fruit Harvest

Corridor with Sculptures and Mural

Cave Painter

Colonial Musicians

Idacansas, Guardian of Tradition

Dining Room with Mythological Ceiling

Model for the Founding of Villa de Leyva
El movimiento Bachué: raíces indígenas del modernismo colombiano
Tras la Revolución mexicana y la Primera Guerra Mundial, la cultura artística en Hispanoamérica se orientó hacia tendencias nacionalistas, impresionistas y surrealistas. Un espíritu indígena y centrado en la tierra se convirtió en el nuevo eje del nacionalismo cultural y en una vía hacia el modernismo en el arte de la región. En Colombia, esta corriente tomó forma como el movimiento Bachué.
Sus orígenes temáticos se encuentran en París, donde los artistas colombianos Luis Alberto Acuña y Rómulo Rozo fueron interpelados por Pablo Picasso. Él elogió la técnica de Acuña, pero criticó la ausencia de una voz auténticamente andina, instándolo a inspirarse en los “grandes artistas indígenas del pasado”. Esta crítica los llevó a estudiar la escultura de San Agustín y las artes tolteca, azteca y maya en el Musée de l’Homme, en el Trocadéro.
Tras cinco años de estudios en el extranjero, regresaron a Colombia decididos a recuperar tradiciones vernáculas, indígenas y plenamente locales. El movimiento tomó su nombre de la diosa Bachué —madre mítica de la humanidad en la cosmología muisca— gracias al escritor Jaime Barrera Parra, quien lo utilizó en un editorial de la década de 1920 inspirado en la escultura Bachué, realizada por Rozo en 1926 y posteriormente exhibida en el pabellón de Colombia en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929.
Durante unas dos décadas, el movimiento Bachué estuvo representado en la pintura por Luis Alberto Acuña, Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jaramillo, Jorge Elías Triana y Alipio Jaramillo, entre otros; en la escultura por Rómulo Rozo, Rodrigo Arenas Betancourt, José Domingo Rodríguez y Julio Abril; en la música por Guillermo Uribe Holguín y José Rozo Contreras; y en la literatura por J. A. Osorio Lizarazo, con novelas como El pantano y La cosecha.
Contemporáneos de los bachuistas fueron los academicistas, que defendían los ideales clásicos europeos y las estéticas universalistas. Artistas como Andrés de Santa María y Epifanio Garay preferían paisajes y retratos impregnados de modas y convenciones europeas, rechazando la búsqueda de un nacionalismo arraigado en los orígenes indígenas.
El movimiento Bachué perdió fuerza en la década de 1950 con la creciente influencia del modernismo internacional y las estéticas universalistas. No obstante, su fundador Luis Alberto Acuña continuó su lucha personal por defender y desarrollar la visión original del movimiento.
Sus orígenes temáticos se encuentran en París, donde los artistas colombianos Luis Alberto Acuña y Rómulo Rozo fueron interpelados por Pablo Picasso. Él elogió la técnica de Acuña, pero criticó la ausencia de una voz auténticamente andina, instándolo a inspirarse en los “grandes artistas indígenas del pasado”. Esta crítica los llevó a estudiar la escultura de San Agustín y las artes tolteca, azteca y maya en el Musée de l’Homme, en el Trocadéro.
Tras cinco años de estudios en el extranjero, regresaron a Colombia decididos a recuperar tradiciones vernáculas, indígenas y plenamente locales. El movimiento tomó su nombre de la diosa Bachué —madre mítica de la humanidad en la cosmología muisca— gracias al escritor Jaime Barrera Parra, quien lo utilizó en un editorial de la década de 1920 inspirado en la escultura Bachué, realizada por Rozo en 1926 y posteriormente exhibida en el pabellón de Colombia en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929.
Durante unas dos décadas, el movimiento Bachué estuvo representado en la pintura por Luis Alberto Acuña, Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jaramillo, Jorge Elías Triana y Alipio Jaramillo, entre otros; en la escultura por Rómulo Rozo, Rodrigo Arenas Betancourt, José Domingo Rodríguez y Julio Abril; en la música por Guillermo Uribe Holguín y José Rozo Contreras; y en la literatura por J. A. Osorio Lizarazo, con novelas como El pantano y La cosecha.
Contemporáneos de los bachuistas fueron los academicistas, que defendían los ideales clásicos europeos y las estéticas universalistas. Artistas como Andrés de Santa María y Epifanio Garay preferían paisajes y retratos impregnados de modas y convenciones europeas, rechazando la búsqueda de un nacionalismo arraigado en los orígenes indígenas.
El movimiento Bachué perdió fuerza en la década de 1950 con la creciente influencia del modernismo internacional y las estéticas universalistas. No obstante, su fundador Luis Alberto Acuña continuó su lucha personal por defender y desarrollar la visión original del movimiento.

Aborigine with Child
Museo Luis Alberto Acuña
El Museo Luis Alberto Acuña, en Villa de Leyva, ocupa una casa colonial con patio, convertida en un cosmos personal por el pintor y escultor Luis Alberto Acuña (1904–93). Figura clave del movimiento Bachué en la Colombia de los años treinta, Acuña se apoyó en relatos de creación muiscas y arquetipos andinos para desafiar el gusto académico importado y defender una identidad moderna arraigada en la memoria indígena. Murales, dibujos y figuras de piedra de Bochica, Huitaca y Chiminigagua hacen que el museo se sienta menos como una galería que como un manifiesto en color y mito tallado.
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