Miami
Miami (incorporada en 1896) suele leerse como el cruce tropical de Estados Unidos: una ciudad de playa con instintos de metrópolis latina, orientada tanto al Caribe como al territorio continental. La llegada es pura luz y agua —horizontes planos, tormentas repentinas y torres de vidrio que se alzan detrás de manzanas bajas, blanqueadas por el sol—, mientras las fachadas art déco de South Beach hacen que el estilo se sienta como identidad cívica más que como decoración.
Lo que define a Miami es el movimiento: migración, comercio, turismo y mercado inmobiliario, con lenguas y lealtades que miran de forma natural hacia el sur. El crecimiento no deja de rehacer barrios y agudizar desigualdades, pero la vida pública sigue siendo intensamente social, desplegada en cafés, en las aceras y al borde del agua. Incluso la cultura gastronómica cotidiana —notas cubanas y caribeñas en sentido amplio junto a una restauración pulida— se lee menos como una moda que como un registro de quién llegó, quién se quedó y cómo la ciudad continúa reinventándose.